Se puede sacar un conejo blanco de un sombrero de copa. Dado que se trata de un conejo muy grande, este truco dura muchos miles de millones de años. En el extremo de los finos pelillos de su piel nacen todas las criaturas humanas. De esta manera son capaces de asombrarse por el imposible arte de la magia. Pero conforme se van haciendo mayores, se adentran cada vez más en la piel del conejo, y allí se quedan. Están tan a gusto y tan cómodos que no se atreven a volver a los finos pelillos de la piel. Sólo los filósofos emprenden ese peligroso viaje hacia los límites extremos del idioma y de la existencia. Algunos de ellos se quedan en el camino, pero otros se agarran fuertemente a los pelillos de la piel del conejo y gritan a todos los seres sentados cómodamente muy dentro de la suave piel del conejo, comiendo y bebiendo estupendamente.
-¿Mamá, no te parece extraño vivir? -empezó.
La madre se quedó tan aturdida que no supo qué contestar. Sofía solía estar haciendo los deberes cuando ella volvía del trabajo.
-Bueno -dijo-. A veces sí.
-¿A veces? Lo que quiero decir es si no te parece extraño que exista un mundo.
-Pero, Sofía, no debes hablar así.
-¿Por qué no? ¿Entonces, acaso te parece el mundo algo completamente normal?
-Pues claro que lo es. Por regla general, al menos.
Sofía entendió que el filósofo tenía razón. Para los adultos, el mundo era algo asentado. Se habían metido de una vez por todas en el sueño cotidiano de la Bella Durmiente.
-¡Bah! Simplemente estás tan habituada al mundo que te ha dejado de asombrar -dijo.
-¿Qué dices?
-Digo que estás demasiado habituada al mundo. Completamente atrofiada, vamos.
-Sofía, no te permito que me hables así.
-Entonces, lo diré de otra manera. Te has acomodado bien dentro de la piel de ese conejo que acaba de ser sacado del negro sombrero de copa del universo. Y ahora pondrás las patatas a cocer, y luego leerás el periódico, y después de media hora de siesta verás el telediario.
El rostro de la madre adquirió un aire de preocupación. Como estaba previsto, se fue a la cocina a poner las patatas a hervir. Al cabo de un rato, volvió a la sala de estar y ahora fue ella la que empujó a Sofía hacia un sillón.
-Tengo que hablar contigo sobre un asunto -empezó a decir.
Por el tono de su voz, Sofía entendió que se trataba de algo serio.
-¿No te habrás metido en algo de drogas, hija mía?
Sofía se hechó a reír, pero entendió por qué esta pregunta había surgido exactamente en esa situación.
-¿Estás loca? -dijo-. Las drogas te atrofian aún más.
Y no se dijo nada más aquella tarde, ni sobre drogas, ni sobre el conejo blanco.
lunes, 13 de julio de 2009
sábado, 2 de mayo de 2009
Entrevista a Eduardo Galeano, HECHO EN BS AS.
La puerta del ascensor se abre en la planta baja de un refinado hotel de pretenciosa arquitectura. De él baja el único pasajero: jeans y camisa turquesa. Por debajo, una camiseta negra. Camina lento y sin apuro. Nos saludamos e intercambiamos las primeras palabras: que el tiempo está loco, que es extraño el frío para la época y otras vaguedades climáticas. Buscamos un lugar para tomar un café, una de las actividades que además de escribir, le apasionan.
¿Qué se aprende en los cafés que no se aprende en otros lugares?
Una lección de la vida es saber valorar el tiempo y la posibilidad de perder el tiempo; tener siempre tiempo para perder el tiempo. Yo no tuve educación formal. Todo lo que sé, se lo debo a los cafés viejos de Montevideo, los que me formaron. Eso de perder el tiempo es otra de las cosas que se perdió…
Sí, se perdió porque ahora el tiempo tiene un valor de rentabilidad, que tiene un precio que es superior al valor y entonces el tiempo se vende, como todo. En mi caso en particular, aprendí el arte de narrar en los cafés, escuchando narradores, gente que no sé quiénes eran pero me colaba en sus mesas. En aquel tiempo se podía andar por Montevideo sin documentos, sin nada. No había violencia, entonces, yo en los cafés me sentaba y escuchaba: así aprendí el arte de narrar.
¿Dónde se aprende hoy el arte de narrar?
Todavía tengo un café, me lo habían cerrado pero ahora lo reabrieron, el Brasilero. Es un café de 1887… Y la verdad que el café, hablando de rentabilidad, no es rentable. Que un tipo esté tres horas en una mesa con un cortado es inimaginable en el mundo de hoy. De todos modos el arte de narrar se aprende escuchando, siempre: eso no ha cambiado. Para no ser mudo hay que empezar por no ser sordo. Si vos no sabés escuchar no vas a saber hablar o en todo caso lo que digas no va a tener interés para los demás porque los laberintos de tu propio ombligo pueden ser apasionantes para vos pero para el resto de la humanidad no tienen por qué ser interesantes. Para poder hablar hay que saber escuchar, y hay que recibir esas voces y aprender que las voces que valen la pena escuchar suenan, a veces, en los lugares menos presentables. No en los foros universitarios, en los centros donde se reúnen expertos para explicar cómo es el mundo sino en lugares sencillos, simples. Por ejemplo las paredes…
¿Qué ves en los graffitis de esas paredes?
Yo soy un gran lector de paredes, que es la imprenta de los pobre, el periódico abierto a todos. Y ahí, en el Río Pinturas, en Argentina, están los primeros graffitis: son esas manos, que es un modo de decir ‘yo estuve ahí, yo soy algo más que una mota de polvo en el universo, yo soy algo más que un instantito de tiempo’. Y un poco lo que mueve a la gente a escribir algo en la pared es eso, aparte de opinar. A veces opinan estúpidamente: “Las vírgenes tienen muchas navidades pero ninguna Nochebuena” o “nos mean y la prensa dice que llueve”.
Ese último es de Buenos Aires…
Y el otro es de Montevideo. Pero hay millares de maravillas que uno va rescatando… y después lo que uno escucha, la maravilla del relato oral. Es verdad que el lenguaje popular se ha degradado mucho por obra de la televisión y de los medios masivos que imponen cierto lenguaje. Tengo una amiga de las Islas Canarias que se interesa mucho por temas de lenguaje rural en las aldeas perdidas de las islas. Entonces andaba recorriendo por ahí con un aparatito de estos (señala al grabador) para recoger las voces de los viejos y muchos le decían, ‘no, mejor hable con él que habla mucho más bonito’. Y él era el nieto, el bisnieto. Y ellos hablaban como la tele, por eso hablaban más bonito…
¿En qué cosas América Latina sigue teniendo las venas abiertas?
¿Qué te voy a contestar… lo mismo que siempre contesto? Que me encontré con el Conde Drácula en una calle de Buenos Aires, que andaba buscando psicoanalista por el complejo de inferioridad que le producían las grandes corporaciones internacionales. Eso contesto siempre para evadirme. Lo cierto que sí es una región del mundo que trabaja al servicio de otra. Sí es cierto, eso sigue siendo verdad, y que no hay ninguna riqueza inocente: toda la riqueza se nutre de alguna pobreza. Con esta crisis mundial el mundo entero está aceptando con bastante pasividad, y hasta con aplausos, estos regalitos que van recibiendo los banqueros, los pobres banqueros que son los culpables de esta catástrofe financiera. Los banqueros son los que reciben la recompensa y los premian con 3 millones de millones. A la larga eso lo paga el llamado “Tercer Mundo”, las naciones sometidas, que venden lo que venden cada vez más barato, pagan deudas externas que son como sogas en el pescuezo con una vuelta de rosca y otra y otra. Por fin se le ocurrió a alguien –Correa, en Ecuador- ver si era legítima o no. Le vamos a pagar la deuda legítima, pero primero vamos a ver qué es esa deuda. Argentina no sabe la deuda que paga; Uruguay tampoco. Se supone que son deudas que vienen de alguna parte pero nunca a nadie se le ocurrió escarbar una por una para decir ‘esta deuda no la vamos a pagar’.
Chile no tendría que pagar los préstamos que le dieron a Pinochet para que asesinara gente, al igual que otros asesinos de países que contaron con auxilio. La mayor deuda se incrementa en la época de las dictaduras. Cómo ves el papel de los medios, por ejemplo, con un tema como el de la inseguridad.
Yo a veces escucho TN y me da la impresión de que Buenos Aires debe ser como Irán o Bagdad. Y llego a Buenos Aires y no tiene nada que ver con lo que cuentan. Además se ha dado un fenómeno, este también internacional: es impresionante cómo en la época de la globalización se repite todo. Qué poca originalidad. Los países tienen menos capacidad de decir lo suyo, de caminar su camino. Entonces se dan esas copias universales: los informativos de la televisión. Empiezan, en casi todos los países, con temas de seguridad pública, crímenes, violaciones, asesinatos. Eso es la mitad o más del informativo, con lo cual la población queda temblando y diciendo ‘estamos en manos de los delincuentes’.
Tocan las fibras del miedo…
Un miedo que es el peor de los consejeros, porque el miedo aconseja mano dura. ‘Acá lo que se necesita es mano dura’ y la democracia tiene mano blanda, entonces de ahí a la nostalgia de la dictadura militar hay un camino muy cortito. Es un tema bárbaro porque hasta ahora la izquierda no ha podido resolver el tema de la inseguridad. Quizá porque la inseguridad no existe, la inseguridad es el resultado de otras cosas, de la injusticia social, de la cultura del consumo.
Antonio Machado, el gran poeta español, decía una frase liadísima: ‘ahora cualquier necio confunde valor y precio’. Y ese es un retrato del mundo de nuestro tiempo. La cultura del consumo, que es lo que se le inyecta a la gente todos los días, sobre todo, por los medios, pero también por el sistema educativo que sostiene la idea de que el que no consume, no existe. Y esa cultura se funda en esa confusión del valor y el precio. Entonces vos valés si tenés ropa más cara. Y eso es una incitación al delito porque si vos le metés eso en la cabeza a los chicos de la villa o la gente más desamparada –la idea de que ser es tener y que si no tenés no sos- es una invitación al delito.
Y también lleva a que veamos al otro, como vos mismo decís “como una amenaza y no como una promesa…”
Exactamente. Y hay una dictadura del miedo a escala universal. Ahí también todo se copia. Hay una vieja leyenda china de un leñador que pierde el hacha. Entonces el leñador lo mira al vecino, y ve que tiene cara de ladrón: ‘¿usted no vio un hacha?’, pregunta. ‘No, no’, contesta el vecino. ‘Me contestó como un ladrón’, piensa el leñador. Le coincidía todo. A las dos o tres horas encuentra el hacha que se le había caído en unos árboles, vuelve a mirar al vecino y piensa: ‘La verdad que no tiene para nada cara de ladrón’. Pero mientras el hacha estaba desaparecida el vecino era culpable. El tema de la justicia por mano propia proviene de ese equívoco.
¿Qué te impulsa a expresar injusticias?
Yo nunca sentí que fuera el denunciador de nada. Yo simplemente soy un enamorado de la realidad y trato de contarla, en lo que tiene de horrendo y en lo que tiene de maravilloso. Porque si contara sólo lo horrendo, la gente se moriría de aburrimiento, que es lo que pasa con la mayor parte de la literatura bienintencionada, que en lugar de generar indignación genera sueño. No sueños, sino sueño, o sea una irresistible necesidad de dormir y en efecto estas letanías de dolor incesante no conducen a ninguna parte porque aburren a todos y, además, justamente, los dolientes lo que menos quieren es volver a escuchar el dolor que padecen. Hay que saber cómo acercarse a estos temas –a veces muy espinosos- logrando que sean atractivos y que estén siempre acompañados por una contraparte: una pequeña frase, una pequeña cosita que indique que en medio de ese desierto hay un trébol de cuatro hojas, o de cinco, o de seis hojas.
Afuera a parado de llover pero dentro nuestro hay un diluvio. Nos despedimos. Él va en busca del mismo ascensor que lo trajo a la planta baja. Antes de perderse en él, nos dice algo sonriendo que no entendemos. Ya no hay tiempo de preguntarle qué dijo, la próxima vez será.
¿Qué se aprende en los cafés que no se aprende en otros lugares?
Una lección de la vida es saber valorar el tiempo y la posibilidad de perder el tiempo; tener siempre tiempo para perder el tiempo. Yo no tuve educación formal. Todo lo que sé, se lo debo a los cafés viejos de Montevideo, los que me formaron. Eso de perder el tiempo es otra de las cosas que se perdió…
Sí, se perdió porque ahora el tiempo tiene un valor de rentabilidad, que tiene un precio que es superior al valor y entonces el tiempo se vende, como todo. En mi caso en particular, aprendí el arte de narrar en los cafés, escuchando narradores, gente que no sé quiénes eran pero me colaba en sus mesas. En aquel tiempo se podía andar por Montevideo sin documentos, sin nada. No había violencia, entonces, yo en los cafés me sentaba y escuchaba: así aprendí el arte de narrar.
¿Dónde se aprende hoy el arte de narrar?
Todavía tengo un café, me lo habían cerrado pero ahora lo reabrieron, el Brasilero. Es un café de 1887… Y la verdad que el café, hablando de rentabilidad, no es rentable. Que un tipo esté tres horas en una mesa con un cortado es inimaginable en el mundo de hoy. De todos modos el arte de narrar se aprende escuchando, siempre: eso no ha cambiado. Para no ser mudo hay que empezar por no ser sordo. Si vos no sabés escuchar no vas a saber hablar o en todo caso lo que digas no va a tener interés para los demás porque los laberintos de tu propio ombligo pueden ser apasionantes para vos pero para el resto de la humanidad no tienen por qué ser interesantes. Para poder hablar hay que saber escuchar, y hay que recibir esas voces y aprender que las voces que valen la pena escuchar suenan, a veces, en los lugares menos presentables. No en los foros universitarios, en los centros donde se reúnen expertos para explicar cómo es el mundo sino en lugares sencillos, simples. Por ejemplo las paredes…
¿Qué ves en los graffitis de esas paredes?
Yo soy un gran lector de paredes, que es la imprenta de los pobre, el periódico abierto a todos. Y ahí, en el Río Pinturas, en Argentina, están los primeros graffitis: son esas manos, que es un modo de decir ‘yo estuve ahí, yo soy algo más que una mota de polvo en el universo, yo soy algo más que un instantito de tiempo’. Y un poco lo que mueve a la gente a escribir algo en la pared es eso, aparte de opinar. A veces opinan estúpidamente: “Las vírgenes tienen muchas navidades pero ninguna Nochebuena” o “nos mean y la prensa dice que llueve”.
Ese último es de Buenos Aires…
Y el otro es de Montevideo. Pero hay millares de maravillas que uno va rescatando… y después lo que uno escucha, la maravilla del relato oral. Es verdad que el lenguaje popular se ha degradado mucho por obra de la televisión y de los medios masivos que imponen cierto lenguaje. Tengo una amiga de las Islas Canarias que se interesa mucho por temas de lenguaje rural en las aldeas perdidas de las islas. Entonces andaba recorriendo por ahí con un aparatito de estos (señala al grabador) para recoger las voces de los viejos y muchos le decían, ‘no, mejor hable con él que habla mucho más bonito’. Y él era el nieto, el bisnieto. Y ellos hablaban como la tele, por eso hablaban más bonito…
¿En qué cosas América Latina sigue teniendo las venas abiertas?
¿Qué te voy a contestar… lo mismo que siempre contesto? Que me encontré con el Conde Drácula en una calle de Buenos Aires, que andaba buscando psicoanalista por el complejo de inferioridad que le producían las grandes corporaciones internacionales. Eso contesto siempre para evadirme. Lo cierto que sí es una región del mundo que trabaja al servicio de otra. Sí es cierto, eso sigue siendo verdad, y que no hay ninguna riqueza inocente: toda la riqueza se nutre de alguna pobreza. Con esta crisis mundial el mundo entero está aceptando con bastante pasividad, y hasta con aplausos, estos regalitos que van recibiendo los banqueros, los pobres banqueros que son los culpables de esta catástrofe financiera. Los banqueros son los que reciben la recompensa y los premian con 3 millones de millones. A la larga eso lo paga el llamado “Tercer Mundo”, las naciones sometidas, que venden lo que venden cada vez más barato, pagan deudas externas que son como sogas en el pescuezo con una vuelta de rosca y otra y otra. Por fin se le ocurrió a alguien –Correa, en Ecuador- ver si era legítima o no. Le vamos a pagar la deuda legítima, pero primero vamos a ver qué es esa deuda. Argentina no sabe la deuda que paga; Uruguay tampoco. Se supone que son deudas que vienen de alguna parte pero nunca a nadie se le ocurrió escarbar una por una para decir ‘esta deuda no la vamos a pagar’.
Chile no tendría que pagar los préstamos que le dieron a Pinochet para que asesinara gente, al igual que otros asesinos de países que contaron con auxilio. La mayor deuda se incrementa en la época de las dictaduras. Cómo ves el papel de los medios, por ejemplo, con un tema como el de la inseguridad.
Yo a veces escucho TN y me da la impresión de que Buenos Aires debe ser como Irán o Bagdad. Y llego a Buenos Aires y no tiene nada que ver con lo que cuentan. Además se ha dado un fenómeno, este también internacional: es impresionante cómo en la época de la globalización se repite todo. Qué poca originalidad. Los países tienen menos capacidad de decir lo suyo, de caminar su camino. Entonces se dan esas copias universales: los informativos de la televisión. Empiezan, en casi todos los países, con temas de seguridad pública, crímenes, violaciones, asesinatos. Eso es la mitad o más del informativo, con lo cual la población queda temblando y diciendo ‘estamos en manos de los delincuentes’.
Tocan las fibras del miedo…
Un miedo que es el peor de los consejeros, porque el miedo aconseja mano dura. ‘Acá lo que se necesita es mano dura’ y la democracia tiene mano blanda, entonces de ahí a la nostalgia de la dictadura militar hay un camino muy cortito. Es un tema bárbaro porque hasta ahora la izquierda no ha podido resolver el tema de la inseguridad. Quizá porque la inseguridad no existe, la inseguridad es el resultado de otras cosas, de la injusticia social, de la cultura del consumo.
Antonio Machado, el gran poeta español, decía una frase liadísima: ‘ahora cualquier necio confunde valor y precio’. Y ese es un retrato del mundo de nuestro tiempo. La cultura del consumo, que es lo que se le inyecta a la gente todos los días, sobre todo, por los medios, pero también por el sistema educativo que sostiene la idea de que el que no consume, no existe. Y esa cultura se funda en esa confusión del valor y el precio. Entonces vos valés si tenés ropa más cara. Y eso es una incitación al delito porque si vos le metés eso en la cabeza a los chicos de la villa o la gente más desamparada –la idea de que ser es tener y que si no tenés no sos- es una invitación al delito.
Y también lleva a que veamos al otro, como vos mismo decís “como una amenaza y no como una promesa…”
Exactamente. Y hay una dictadura del miedo a escala universal. Ahí también todo se copia. Hay una vieja leyenda china de un leñador que pierde el hacha. Entonces el leñador lo mira al vecino, y ve que tiene cara de ladrón: ‘¿usted no vio un hacha?’, pregunta. ‘No, no’, contesta el vecino. ‘Me contestó como un ladrón’, piensa el leñador. Le coincidía todo. A las dos o tres horas encuentra el hacha que se le había caído en unos árboles, vuelve a mirar al vecino y piensa: ‘La verdad que no tiene para nada cara de ladrón’. Pero mientras el hacha estaba desaparecida el vecino era culpable. El tema de la justicia por mano propia proviene de ese equívoco.
¿Qué te impulsa a expresar injusticias?
Yo nunca sentí que fuera el denunciador de nada. Yo simplemente soy un enamorado de la realidad y trato de contarla, en lo que tiene de horrendo y en lo que tiene de maravilloso. Porque si contara sólo lo horrendo, la gente se moriría de aburrimiento, que es lo que pasa con la mayor parte de la literatura bienintencionada, que en lugar de generar indignación genera sueño. No sueños, sino sueño, o sea una irresistible necesidad de dormir y en efecto estas letanías de dolor incesante no conducen a ninguna parte porque aburren a todos y, además, justamente, los dolientes lo que menos quieren es volver a escuchar el dolor que padecen. Hay que saber cómo acercarse a estos temas –a veces muy espinosos- logrando que sean atractivos y que estén siempre acompañados por una contraparte: una pequeña frase, una pequeña cosita que indique que en medio de ese desierto hay un trébol de cuatro hojas, o de cinco, o de seis hojas.
Afuera a parado de llover pero dentro nuestro hay un diluvio. Nos despedimos. Él va en busca del mismo ascensor que lo trajo a la planta baja. Antes de perderse en él, nos dice algo sonriendo que no entendemos. Ya no hay tiempo de preguntarle qué dijo, la próxima vez será.
martes, 24 de marzo de 2009
Cárcel común, perpetua y efectiva.

Por estos hijos nuestros, nuestros hijos
pido castigo.
Para los que de sangre salpicaron la patria
pido castigo.
Para el verdugo que mando esta muerte
pido castigo.
Para el traidor que ascendió con el crimen
pido castigo.
Para el que dio la orden de la agonía
pido castigo.
Para los que defendieron el crimen
pido castigo.
No quiero que me den la mano empapada en sangre
pido castigo.
No los quiero de embajadores, tampoco en sus casas tranquilos
los quiero ver aquí, juzgados, en este lugar.
¡Quiero castigo!
¡Quiero castigo!
lunes, 16 de marzo de 2009
El oficial.
Mirando sin querer,
sin más culpa que estar
ellos cruzando la orilla,
no llegaban los tres a 26
y en el bar viendo a su país morir.
Dónde vamos a parar, no puede ser,
mi hermano está ahí.
¿Cuándo vamos a tener de nuevo una vida?
dónde vamos a parar, no puede ser,
mi hermano está ahí.
¿Cuándo vamos a tener de nuevo una vida?
Basta, gritó el chacal, el oficial
y sin clemencia les disparó
uno por uno
y los arrastró a la calle de los pies.
Dónde vamos a parar, no puede ser,
mi hermano está ahí.
¿Cuándo vamos a tener de nuevo una vida?
Dónde vamos a parar, no puede ser,
mi hermano está ahí.
¿Cuándo vamos a tener de nuevo una vida?
Abro la mano, el aire está quemando,
la noche muerde el cielo casi sin querer,
las nubes apretadas empujan la ventana,
yo miro los incendios que muestra la tv.
Son evidentes
las marcas en mi frente,
el techo se desploma
y ya no queda nada más.
Una puteada, un facho, un demente,
el ritmo de las balas
sigue marcando el compás.
Dónde vamos a parar, no puede ser,
mi hermano está ahí.
¿Cuándo vamos a tener de nuevo una vida?
Dónde vamos a parar, no puede ser,
mi hermano está ahí.
¿Cuándo vamos a tener de nuevo una vida?
sin más culpa que estar
ellos cruzando la orilla,
no llegaban los tres a 26
y en el bar viendo a su país morir.
Dónde vamos a parar, no puede ser,
mi hermano está ahí.
¿Cuándo vamos a tener de nuevo una vida?
dónde vamos a parar, no puede ser,
mi hermano está ahí.
¿Cuándo vamos a tener de nuevo una vida?
Basta, gritó el chacal, el oficial
y sin clemencia les disparó
uno por uno
y los arrastró a la calle de los pies.
Dónde vamos a parar, no puede ser,
mi hermano está ahí.
¿Cuándo vamos a tener de nuevo una vida?
Dónde vamos a parar, no puede ser,
mi hermano está ahí.
¿Cuándo vamos a tener de nuevo una vida?
Abro la mano, el aire está quemando,
la noche muerde el cielo casi sin querer,
las nubes apretadas empujan la ventana,
yo miro los incendios que muestra la tv.
Son evidentes
las marcas en mi frente,
el techo se desploma
y ya no queda nada más.
Una puteada, un facho, un demente,
el ritmo de las balas
sigue marcando el compás.
Dónde vamos a parar, no puede ser,
mi hermano está ahí.
¿Cuándo vamos a tener de nuevo una vida?
Dónde vamos a parar, no puede ser,
mi hermano está ahí.
¿Cuándo vamos a tener de nuevo una vida?
miércoles, 11 de marzo de 2009
El amor en los tiempos del cólera, Fermina Daza y Juvenal Urbino.
Ni en la primera noche de mala mar, ni en las siguientes de navegación apacible, ni nunca en su muy larga vida matrimonial ocurrieron los actos de barbarie que temía Fermina Daza. La primera, a pesar del tamaño del barco y los lujos del camarote, fue una repetición horrible de la goleta de Riohacha, y su marido fue un médico servicial que no durmió un instante para consolarla, que era lo único que un médico demasiado eminente podía hacer contra el mareo. Pero la borrasca amainó al tercer día, después del puerto de la Guayra, y ya para entonces habían estado juntos tanto tiempo y habían hablado tanto que se sentían amigos antiguos. La cuarta noche, cuando ambos reanudaron sus hábitos ordinarios, el doctor Juvenal Urbino se sorprendió de que su joven esposa no rezara antes de dormir. Ella le fue sincera: la dobles de las monjas le había provocado una resistencia contra los ritos, pero su fe estaba intacta, y había aprendido a mantenerla en silencio. Dijo: "Prefiero entenderme directo con Dios". Él comprendió sus razones, y desde entonces cada cual practicó la misma religión a su manera. Habían tenido un noviazgo breve, pero bastante informal para la época, pues el doctor Urbino la visitaba en su casa, sin vigilancia, todos los días al atardecer. Ella no hubiera permitido que él le tocara ni la yema de los dedos antes de la bendición episcopal, pero tampoco él lo había intentado. Fue en la primera noche de buena mar, ya en la cama pero todavía vestidos, cuando él inició las primeras caricias, y lo hizo con tanto cuidado, que a ella le pareció natural la sugerencia de que se pusiera la camisa de dormir. Fue a cambiarse en el baño, pero antes apagó las luces del camarote, y cuando salió con el camison embutió trapos en las rendijas de la puerta, para volver a la cama en la oscuridad absoluta. Mientras lo hacia, dijo de buen humor:
Qué quieres, doctor. Es la primera vez que duermo con un desconocido.
El doctor Juvenal Urbino la sintió deslizarse junto a él como un animalito azorado, tratando de quedar lo más lejos posible en una litera donde era difícil estar dos sin tocarse. Le cogió la mano, fría y crispada de terror, le entrelazó los dedos, y casi con un susurro empezó a contarle sus recuerdos de otros viajes de mar. Ella estaba tensa otra vez, porque al volver a la cama se dio cuenta de él se había desnudado por completo mientras ella estaba en el baño, y esto le revivió el terror del paso siguiente. Pero el paso siguiente demoró varias horas, pues el doctor Urbino siguió hablando muy despacio , mientras se iba apoderando milímetro a milímetro de la confianza de su cuerpo. Le habló de París, del amor en París, de los enamorados de París que se besaban en la calle, en el ómnibus, en las terrazas floridas de los cafés abiertos al aliento de fuego y los acordeones lánguidos del verano, y hacían el amor de pie en los muelles del Sena sin que nadie los molestara. Mientras hablaba en las sombras, le acarició la curva del cuello con la yema de los dedos, le acarició las pelusas de seda de los brazos, el vientre evasivo, y cuando sintió que la tensión había cedido hizo un primer intento por levantarle el camisón de dormir, pero ella se lo impidió con un impulso típico de su carácter. Dijo: "Yo lo sé hacer sola". Se lo quitó, en efecto, y luego se quedó tan inmóvil, que el doctor Urbino hubiera creído que ya no estaba ahí, de no haber sido por la resolana de su cuerpo en las tinieblas.
Al cabo de un rato volvió a agarrarle la mano, y entonces la sintió tibia y suelta, pero húmeda todavía de un rocío tierno. Permanecieron otro rato callados e inmóviles, él acechando la ocasión para el paso siguiente, y ella esperándolo sin saber por dónde, mientras la oscuridad iba ensanchándose con su respiración cada vez más intensa. Él la soltó de pronto y dio el salto en el vacío: se humedeció en la lengua la yema del cordial y le tocó apenas el pezón desprevenido y ella sintió una descarga de muerte, como si le hubiera tocado un nervio vivo. Se alegró de estar a oscuras para que él no le viera el rubor abrasante que la estremeció hasta las raíces del cráneo. "Calma -le dijo él, muy calmado-. No se te olvide que las conozco." La sintió sonreír, y su voz fue dulce y nueva en las tinieblas.
Lo recuerdo muy bien -dijo-, y todavía no se me pasa la rabia. Entonces él supo que habían doblado el cabo de la buena esperanza, y le volvió a coger la mano grande y mullida, y la cubrió de besitos huérfanos, primero el metacarpo áspero, los largos dedos clarividentes, las uñas diáfanas, y luego el jeroglífico en su destino en la palma sudada. Ella no supo cómo fue que su mano llegó hasta el pecho de él, y tropezó con algo que no pudo descifrar. El le dijo: "Es un escapulario". Ella le acarició los vellos del pecho, y luego agarró el matorral completo con los cinco dedos para arrancarlo de raíz. "Más fuerte", dijo él. Ella lo intentó, hasta donde sabía que no lo lastimaba, y después fue su mano la que buscó la de él perdida en las tinieblas. Pero él no se dejó entrelazar los dedos sino que la agarró por la muñeca y le fue llevando la mano a lo largo de su cuerpo con una fuerza invisible pero muy bien dirigida, hasta que ella sintió el soplo ardiente de un animal en carne viva, sin forma corporal, pero ansioso y enarbolado. Al contrario de lo que él imaginó, incluso al contrario de lo que ella misma hubiera imaginado, no retiró la mano, ni la dejó inerte donde él la puso, sino que se encomendó en cuerpo y alma a la Santísima Virgen, apretó los dientes por miedo a reírse de su propia locura, y empezó a identificar con el tacto al enemigo encabritado, conociendo su tamaño, la fuerza de su vástago, la extensión de sus alas, asustada de su determinación pero compadecida de su soledad, haciéndolo suyo con una curiosidad minuciosa que alguien menos experto que su esposo hubiera confundido con las caricias. Él apeló a sus últimas fuerzas para resistir el vértigo del escrutinio mortal, hasta que ella lo soltó con una gracia infantil, como si lo hubiera tirado en la basura.
-Nunca he podido entender cómo es ese aparato -dijo.
Entonces él se lo explicó en serio con su método magistral, mientras le llevaba la mano por los sitios que mencionaba, y ella se la dejaba llevar con una obediencia de alumna ejemplar. Él sugirió en un momento propicio que todo aquello era más fácil con la luz encendida. Iba a encenderla, pero ella le detuvo el brazo, diciendo: "Yo veo mejor con las manos". En realidad quería encender la luz, pero quería hacerlo ella y sin que nadie se lo ordenara, y así fue. Él la vio entonces en posición fetal, y además cubierta con la sábana bajo la claridad repentina. Pero la vio agarrar otra vez sin remilgos el animal de su curiosidad, lo volteó al derecho y al revés, lo observó con un interés que ya empezaba a parecer más que científico, y dijo en conclusión: "Cómo será de feo, que es más feo que lo de las mujeres". El estuvo de acuerdo, y señaló otros inconvenientes más graves que la fealdad. Dijo: "Es como el hijo mayor, que uno se pasa la vida trabajando para él, sacrificándolo todo por él, y a la hora de la verdad termina haciendo lo que le da la gana". Ella siguió examinándolo, preguntando para qué servía esto, y para qué servía aquello, y cuando se consideró bien informada lo sopesó con las dos manos, para probarse que ni siquiera por el peso valía la pena, y lo dejó caer con un esguince de menosprecio.
-Además, creo que le sobran demasiadas cosas -dijo.
El se quedó perplejo. La propuesta original para su tesis de grado había sido esa: la conveniencia de simplificar el organismo humano. Le parecía anticuado, con muchas funciones inútiles o repetidas que fueron imprescindibles para otras edades del género humano, pero no para la nuestra. Sí: podía ser más simple y por lo mismo menos vulnerable. Concluyó: "Es algo que sólo puede hacer Dios, por supuesto, pero de todos modos sería bueno dejarlo establecido en términos teóricos". Ella se rió divertida, de un modo tan natural, que él aprovechó la ocasión para abrazarla y le dio el primer beso en la boca. Ella le correspondió, y él siguió dándole besos muy suaves en las mejillas, en la nariz, en los párpados, mientras deslizaba la mano por debajo de la sábana, y le acarició el pubis redondo y lacio: un pubis de japonesa. Ella no le apartó la mano, pero mantuvo la suya en estado de alerta, por si él avanzaba un paso más
-No vamos a seguir con la clase de medicina -dijo.
-No -dijo él-. Esta va a ser de amor.
Entonces le quitó la sábana de encima, y ella no sólo no se opuso, sino que la mandó lejos de la litera con un golpe rápido de los pies, porque ya no soportaba el calor. Su cuerpo era ondulante y elástico, mucho más serio de lo que parecía vestida, y con un olor propio de animal de monte que permitía distinguirla entre todas las mujeres del mundo. Indefensa a plena luz, un golpe de sangre hirviendo se le subió a la cara, y lo único que se le ocurrió para disimularlo fue colgarse del cuello de su hombre, y besarlo a fondo, muy fuerte, hasta que se gastaron en el beso todo el aire de respirar.
Él era consciente de que no la amaba. Se había casado porque le gustaba su altivez, su seriedad, su fuerza, y también por una pizca de vanidad suya, pero mientras ella lo besaba por primera vez estaba seguro de que no habría ningún obstáculo para inventar un buen amor. No lo hablaron esa primera noche en que hablaron de todo hasta el amanecer, ni habían de hablarlo nunca. Pero a la larga, ninguno de los dos se equivocó.
Qué quieres, doctor. Es la primera vez que duermo con un desconocido.
El doctor Juvenal Urbino la sintió deslizarse junto a él como un animalito azorado, tratando de quedar lo más lejos posible en una litera donde era difícil estar dos sin tocarse. Le cogió la mano, fría y crispada de terror, le entrelazó los dedos, y casi con un susurro empezó a contarle sus recuerdos de otros viajes de mar. Ella estaba tensa otra vez, porque al volver a la cama se dio cuenta de él se había desnudado por completo mientras ella estaba en el baño, y esto le revivió el terror del paso siguiente. Pero el paso siguiente demoró varias horas, pues el doctor Urbino siguió hablando muy despacio , mientras se iba apoderando milímetro a milímetro de la confianza de su cuerpo. Le habló de París, del amor en París, de los enamorados de París que se besaban en la calle, en el ómnibus, en las terrazas floridas de los cafés abiertos al aliento de fuego y los acordeones lánguidos del verano, y hacían el amor de pie en los muelles del Sena sin que nadie los molestara. Mientras hablaba en las sombras, le acarició la curva del cuello con la yema de los dedos, le acarició las pelusas de seda de los brazos, el vientre evasivo, y cuando sintió que la tensión había cedido hizo un primer intento por levantarle el camisón de dormir, pero ella se lo impidió con un impulso típico de su carácter. Dijo: "Yo lo sé hacer sola". Se lo quitó, en efecto, y luego se quedó tan inmóvil, que el doctor Urbino hubiera creído que ya no estaba ahí, de no haber sido por la resolana de su cuerpo en las tinieblas.
Al cabo de un rato volvió a agarrarle la mano, y entonces la sintió tibia y suelta, pero húmeda todavía de un rocío tierno. Permanecieron otro rato callados e inmóviles, él acechando la ocasión para el paso siguiente, y ella esperándolo sin saber por dónde, mientras la oscuridad iba ensanchándose con su respiración cada vez más intensa. Él la soltó de pronto y dio el salto en el vacío: se humedeció en la lengua la yema del cordial y le tocó apenas el pezón desprevenido y ella sintió una descarga de muerte, como si le hubiera tocado un nervio vivo. Se alegró de estar a oscuras para que él no le viera el rubor abrasante que la estremeció hasta las raíces del cráneo. "Calma -le dijo él, muy calmado-. No se te olvide que las conozco." La sintió sonreír, y su voz fue dulce y nueva en las tinieblas.
Lo recuerdo muy bien -dijo-, y todavía no se me pasa la rabia. Entonces él supo que habían doblado el cabo de la buena esperanza, y le volvió a coger la mano grande y mullida, y la cubrió de besitos huérfanos, primero el metacarpo áspero, los largos dedos clarividentes, las uñas diáfanas, y luego el jeroglífico en su destino en la palma sudada. Ella no supo cómo fue que su mano llegó hasta el pecho de él, y tropezó con algo que no pudo descifrar. El le dijo: "Es un escapulario". Ella le acarició los vellos del pecho, y luego agarró el matorral completo con los cinco dedos para arrancarlo de raíz. "Más fuerte", dijo él. Ella lo intentó, hasta donde sabía que no lo lastimaba, y después fue su mano la que buscó la de él perdida en las tinieblas. Pero él no se dejó entrelazar los dedos sino que la agarró por la muñeca y le fue llevando la mano a lo largo de su cuerpo con una fuerza invisible pero muy bien dirigida, hasta que ella sintió el soplo ardiente de un animal en carne viva, sin forma corporal, pero ansioso y enarbolado. Al contrario de lo que él imaginó, incluso al contrario de lo que ella misma hubiera imaginado, no retiró la mano, ni la dejó inerte donde él la puso, sino que se encomendó en cuerpo y alma a la Santísima Virgen, apretó los dientes por miedo a reírse de su propia locura, y empezó a identificar con el tacto al enemigo encabritado, conociendo su tamaño, la fuerza de su vástago, la extensión de sus alas, asustada de su determinación pero compadecida de su soledad, haciéndolo suyo con una curiosidad minuciosa que alguien menos experto que su esposo hubiera confundido con las caricias. Él apeló a sus últimas fuerzas para resistir el vértigo del escrutinio mortal, hasta que ella lo soltó con una gracia infantil, como si lo hubiera tirado en la basura.
-Nunca he podido entender cómo es ese aparato -dijo.
Entonces él se lo explicó en serio con su método magistral, mientras le llevaba la mano por los sitios que mencionaba, y ella se la dejaba llevar con una obediencia de alumna ejemplar. Él sugirió en un momento propicio que todo aquello era más fácil con la luz encendida. Iba a encenderla, pero ella le detuvo el brazo, diciendo: "Yo veo mejor con las manos". En realidad quería encender la luz, pero quería hacerlo ella y sin que nadie se lo ordenara, y así fue. Él la vio entonces en posición fetal, y además cubierta con la sábana bajo la claridad repentina. Pero la vio agarrar otra vez sin remilgos el animal de su curiosidad, lo volteó al derecho y al revés, lo observó con un interés que ya empezaba a parecer más que científico, y dijo en conclusión: "Cómo será de feo, que es más feo que lo de las mujeres". El estuvo de acuerdo, y señaló otros inconvenientes más graves que la fealdad. Dijo: "Es como el hijo mayor, que uno se pasa la vida trabajando para él, sacrificándolo todo por él, y a la hora de la verdad termina haciendo lo que le da la gana". Ella siguió examinándolo, preguntando para qué servía esto, y para qué servía aquello, y cuando se consideró bien informada lo sopesó con las dos manos, para probarse que ni siquiera por el peso valía la pena, y lo dejó caer con un esguince de menosprecio.
-Además, creo que le sobran demasiadas cosas -dijo.
El se quedó perplejo. La propuesta original para su tesis de grado había sido esa: la conveniencia de simplificar el organismo humano. Le parecía anticuado, con muchas funciones inútiles o repetidas que fueron imprescindibles para otras edades del género humano, pero no para la nuestra. Sí: podía ser más simple y por lo mismo menos vulnerable. Concluyó: "Es algo que sólo puede hacer Dios, por supuesto, pero de todos modos sería bueno dejarlo establecido en términos teóricos". Ella se rió divertida, de un modo tan natural, que él aprovechó la ocasión para abrazarla y le dio el primer beso en la boca. Ella le correspondió, y él siguió dándole besos muy suaves en las mejillas, en la nariz, en los párpados, mientras deslizaba la mano por debajo de la sábana, y le acarició el pubis redondo y lacio: un pubis de japonesa. Ella no le apartó la mano, pero mantuvo la suya en estado de alerta, por si él avanzaba un paso más
-No vamos a seguir con la clase de medicina -dijo.
-No -dijo él-. Esta va a ser de amor.
Entonces le quitó la sábana de encima, y ella no sólo no se opuso, sino que la mandó lejos de la litera con un golpe rápido de los pies, porque ya no soportaba el calor. Su cuerpo era ondulante y elástico, mucho más serio de lo que parecía vestida, y con un olor propio de animal de monte que permitía distinguirla entre todas las mujeres del mundo. Indefensa a plena luz, un golpe de sangre hirviendo se le subió a la cara, y lo único que se le ocurrió para disimularlo fue colgarse del cuello de su hombre, y besarlo a fondo, muy fuerte, hasta que se gastaron en el beso todo el aire de respirar.
Él era consciente de que no la amaba. Se había casado porque le gustaba su altivez, su seriedad, su fuerza, y también por una pizca de vanidad suya, pero mientras ella lo besaba por primera vez estaba seguro de que no habría ningún obstáculo para inventar un buen amor. No lo hablaron esa primera noche en que hablaron de todo hasta el amanecer, ni habían de hablarlo nunca. Pero a la larga, ninguno de los dos se equivocó.
domingo, 8 de marzo de 2009
lunes, 2 de marzo de 2009
Cerca de la locura.
Aguas que van, vientos que no, nadie agarro el timón.
El norte se fue a morir al sur, sin rumbo quedaste aquí… Lejos de estar tranquila, cerca de la locura.
Donde tus barcos hoy duermen solita llegaste hasta acá, un puerto que avisa en silencio la tormenta que nació en tu mar.
Lejos de estar tranquila, lejos de la inocencia, lejos de la paciencia, cerca de la locura
Como llegaste hasta acá, solita puedes regresar.
No quiero verte en el fondo del mar hoy sólo yo te quiero volver a ver por tu camino, el que vas tu camino es el que vas.
Lejos de estar tranquila, lejos de la inocencia lejos de la paciencia, cerca de la locura...
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